De este último vehículo bajó una atractiva pareja: el hombre, alto y rubio, vestía de esa manera informal pero llena de estilo que da la impresión de dinero; la mujer, morena y ágil, bostezaba como si hubiera realizado la mayor parte del viaje dormida.

Los demás visitantes de Abinger Manor de aquel Día en Cuestión no lo sabían, pero aquellos dos recién llegados eran Thomas Lynley y lady Helen Clyde, su futura esposa. Y tenían derecho a estar allí, ya que la principal moradora en la actualidad de Abinger Manor era la anteriormente mencionada y temible condesa viuda, tía Augusta para Lynley, quien deseaba que su sobrino comprobase por sí mismo que era posible abrir las puertas de la propiedad al público sin que ello supusiera un desastre. Quería que él hiciese lo mismo con la enorme finca que poseía en Cornualles, pero de momento no había conseguido gran cosa en su afán por convencerlo.

– No todos somos la duquesa de Devonshire -solía decirle Lynley con amabilidad.

– Pues si un insignificante Mitford es capaz de hacer una cosa así y de salir adelante, puedes estar seguro de que yo también puedo hacerlo -le respondía ella.

Pero no se fueron a buscar a tía Augusta, aunque bien habrían podido hacerlo dado el parentesco. En lugar de eso Thomas Lynley y Helen Clyde se reunieron con los demás en el jardín y admiraron lo que había conseguido hacer su tía para mantener bellas las flores a pesar de la sequía.

Naturalmente, los demás no tenían manera de saber que aquel Thomas Lynley que paseaba en silencio con el brazo ligeramente echado por encima de los hombros de su futura esposa era en realidad un miembro de la familia que ahora habitaba una sola ala del majestuoso edificio que visitaban.



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