Ralph, enfundado en una chaqueta de safari, parecía más una visión que una persona de carne y hueso; era la sombra de Noreen y la acompañaba constantemente. Ningún alumno de la clase de Historia de la Arquitectura Británica había logrado sacarle más de diez palabras a aquel hombre en los once días que llevaba en Cambridge, y había estudiantes que asistían a otras clases en el St. Stephen's College que juraban que Ralph era mudo del todo.

Las condiciones a las que Noreen se refería eran que Ralph padecía hipoglucemia, y ése fue el tema que la mujer acometió una vez que terminó de diseccionar al matrimonio Cleary y de poner de relieve la atracción que Sam sentía hacia las damas en general y hacia Polly Simpson en particular. Ralph, informó Noreen a todos los que la escuchaban, era un mártir de la alimentación. Les explicó que el bajo nivel de azúcar en la sangre era la maldición de la familia de Ralph, y que él era el peor caso de todos. Incluso se había desmayado una vez al volante del coche mientras iba por la autopista, figúrense. Sólo pudo evitarse el desastre gracias a la rapidez con que pensó Noreen y la velocidad, aún mayor, con que actuó.

– Sujeté el volante tan deprisa que se diría que había recibido entrenamiento como profesional de algún tipo de salvamento – les explicó- Es asombroso el nivel que somos capaces de alcanzar cuando ocurre algo malo, ¿no estáis de acuerdo? – Como tenía por costumbre, no esperó a que le respondiera nadie. En lugar de eso se volvió hacia su marido y dijo -: Has cogido los frutos secos y los chicles para la excursión de hoy, ¿verdad, cariño mío? No podemos correr el riesgo de que te desmayes en mitad de Abinger Manor, ¿eh?



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