Al fin y al cabo, cuando no estaba haciéndole la pelota a la profesora, sin duda para trabajarse una mejor calificación final, a base de exclamaciones sobre la belleza de todas las diapositivas que aquella aburrida mujer les endilgaba a diario a los alumnos, andaba adulando a alguno de los hombres de un modo que quizás ella considerase amistoso, pero que cualquiera que tuviese un mínimo de cerebro calificaría de descaradamente provocativo.

– Y yo pregunto, ¿qué es lo que pretende? -Inquirió Noreen dirigiéndose a cualquiera que la escuchase a esas alturas-. Sam Cleary y ella se pasan noche tras noche ahí sentados con las cabezas muy juntas. ¿Y qué es lo que hacen? No me diréis que hablan de flores. Hacen planes para más adelante. Los dos juntos. Tomad nota de mis palabras.

Si tomaron nota o no de aquellas palabras fue algo que nadie comentó, ya que Polly Simpson se dio prisa en reunirse con sus compañeros de clase; sostenía en las manos una bandeja sobre la que había colocado un plátano y una taza de café, pues vigilaba atentamente las calorías. Llevaba como siempre la cámara fotográfica colgada del cuello, y después de depositar la bandeja encima de la mesa se dirigió al extremo de la misma y enfocó el grupo reunido para desayunar. El día de la primera clase de Historia de la Arquitectura Británica Polly les había informado a todos de que iba a ser la cronista oficial de aquel curso, y de momento no había faltado a su palabra.

– Creedme, querréis tener la foto como recuerdo -les aseguraba cada vez que captaba a cualquiera de ellos con la lente-. Os lo prometo. A la gente siempre le gustan las fotografías que yo hago.

– Jesús, Polly, ahora no -refunfuñó Cleve mientras la chica hacía ajustes en la lente al otro extremo de la mesa en la que desayunaban.



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