
«Tenemos un hijo que nació el día diecinueve de agosto. Ahora tiene seis semanas, y fue bautizado con el nombre de Nicholas Regan Jarman».
¿Sería cierto que tenía un hijo, un niño de su propia carne? Alik sacudió la cabeza morena. ¡Dios! ¿Sería posible que Blaire le estuviera diciendo la verdad?
«Tienes derecho a saber que eres padre, sobre todo porque dentro de dos meses voy a casarme con otro hombre, que será quien críe a tu hijo».
Alik se puso en pie rabioso y dio una patada a unas revistas de geología. ¿Acaso Blaire había creído que era un completo estúpido?, ¿era eso lo que pensaba?
Sin duda Blaire se había quedado embarazada de su último novio, aquel por el que lo había abandonado a él al marcharse a Kentucky a dar un seminario y, tras nacer el niño, el muy bastardo del padre no quería saber nada. Probablemente habría amenazado a Blaire con retirarle su apoyo financiero, y por eso ella había decidido encasquetárselo a él, esperando que de ese modo él aportara fondos.
¡Ni loco!
Alik tomó la botella y sorteó obstáculos por el abarrotado remolque hasta llegar al dormitorio, pero le fue imposible escapar de ella, su recuerdo le reverberaba en la cabeza.
«Yo estoy hospedada en el Bluebird Inn de Warwick, y permaneceré allí hasta las once de la mañana de mañana, así que ya sabes dónde estoy si quieres ver a tu hijo».
La amargura de Alik había llegado a su punto culminante. Se llevó la botella a los labios y murmuró entre dientes:
– Puedes esperar hasta que el infierno se congele, cariño.
Antes de que acabara la botella ya se había desmayado.
Sumirse en el olvido significaba no tener que despertar jamás. Por desgracia, el corto respiro de Alik duró solo lo que el teléfono tardó en sonar. Desorientado en el oscuro remolque, Alik se pasó una mano por la barbilla y trató de sentarse. De pronto, vio la habitación. Se sentía endiabladamente mal, pero el teléfono seguía zumbándole en los oídos.
