Por mucho que lamentara la idea de volver a verla, por mucho que detestara tener que estar en la misma habitación que ella, no podía dejar aquello sin resolver. No si quería vivir en paz el resto de su vida.

Era evidente que jamás conocería a la verdadera Blaire. Según parecía no era más que una mentirosa, una tunante que lo había arrastrado hasta el infierno con hilos de seda fabricados expresamente para él. Sin embargo el instinto le decía que, en lo relativo al niño, Blaire no mentía.

Lo único que tenía que hacer era destapar el farol.

Después, solo restaría escribir la palabra «fin» en aquella desastrosa historia y arrojarla a la papelera junto con el resto de sus amargos recuerdos.

Alik se cepilló los dientes, se puso un pantalón limpio y un polo y abandonó el remolque.

– ¿Profesor Jarman? ¡Espere!

Alik volvió la cabeza y se apoyó en el picaporte de la puerta para mantener el equilibrio.

– Hola, señorita Cali, ¿qué puedo hacer por usted?

La atractiva rubia, una estudiante graduada, estaba comenzando a ponerse en ridículo a sí misma.

– He estado tratando de ponerme en contacto con usted. Es viernes por la noche, y un grupo de estudiantes vamos a reunimos en el remolque de Peter para hacer una fiesta. Me han elegido a mí para venir a invitarlo.

– Son ustedes muy amables, pero me temo que tengo otros planes.

– La fiesta durará toda la noche -continuó la rubia poco dispuesta a rendirse-. Será usted bienvenido a la hora que sea.

– No piense usted que no aprecio la invitación, pero hace años que no voy a una fiesta, y no tengo intención de comenzar ahora. Buenas noches, señorita Cali.

– ¿Por qué no me llamas Sandy? -preguntó la estudiante siguiéndolo hasta su camioneta.



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