
– No puedo ni imaginarme qué te ha traído hasta aquí, pero ya conoces la salida -dijo con voz medio ronca.
Alik abrió la puerta y se quedó inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. Blaire había imaginado aquel encuentro miles de veces, pero jamás había esperado encontrar tanto rencor por su parte. Alik la despreciaba.
– Alik… -su postura resultaba tan intimidatoria que Blaire se recogió nerviosa un mechón del cabello rojizo tras la oreja. Al hacerlo, él debió ver de reojo el anillo con un diamante que llevaba en el dedo, porque de pronto pareció palidecer-. Comprendo… comprendo que te enfade el encontrarme aquí así -continuó Blaire con voz trémula-, pero estaba lloviendo, y temía que si me quedaba en el coche no te vería, así que…
– Sal de aquí, Blaire -ordenó él.
No había gritado, solo había musitado aquellas palabras entre dientes como si fueran un juramento. Blaire se tambaleó ante tanta agresividad. El hombre al que había amado se había convertido en una persona a la que apenas reconocía. Aunque ella hubiera roto su compromiso, por razones que él no debía conocer, Blaire nunca había imaginado que pudiera tratarla con tanta crueldad. Ni a ella, ni a ninguna otra persona. Aquella capacidad de Alik para infligir dolor resultaba toda una novedad.
– Me iré en cuanto te haya dicho que la noche en que nos acostamos juntos tuvo sus consecuencias -susurró ella.
Una tensión palpable invadió el devastador silencio que siguió a aquella revelación. Alik cerró la puerta y se apoyó sobre ella. Blaire reunió todo su coraje y continuó:
