– Doraga, cara -dijo, con aprobación, palpando el tejido.

Negué con la cabeza, pero la chaqueta era de cachemira negra (justo la clase de chaqueta que resultaba absurdo llevar en la Zona) y no servía de nada discutir; el iván ya se estaba desatando el cinturón.

– Ya hachoo vashi koyt -dijo quitándose su propio chaquetón, lleno de remiendos. Luego fue hasta el otro lado del compartimiento, abrió la puerta de un golpe y me informó de que ya estaba dándole la chaqueta o me tiraría del tren.

Yo no tenía ninguna duda de que me tiraría tanto si se la daba como si no. Ahora me tocó a mí escupir.

– Nu, nyelzya, ni hablar -dije-. ¿Quieres esta chaqueta? Ven y cógela, svinya, idiota de mierda, cretino kryestyan'in, asqueroso. Anda, ven, cógela, borracho, cabrón de mierda.

El iván soltó un gruñido furioso y cogió la carabina del asiento donde la había dejado. Ese fue su primer error. Yolo había visto avisar al conductor del tren disparando el arma por la ventana y sabía que no podía quedarle ningún cartucho en la recámara. Fue un proceso de deducción que él también hizo, solo que unos segundos después que yo, y para entonces y mientras él manipulaba el cerrojo, yo ya le había incrustado la punta de la bota en la entrepierna.

La carabina golpeó ruidosamente contra el suelo mientras el iván se doblaba de dolor, metiéndose una mano entre las piernas; con la otra me soltó un trallazo, atizándome un golpe terrible en el muslo que me dejó la pierna más muerta que un cordero en la carnicería.

Cuando se enderezaba le lancé un golpe con la derecha para encontrarme con el puño apresado con fuerza dentro de su enorme zarpa. Trató de agarrarme por la garganta y le golpeé con la cabeza en plena cara, lo cual hizo que me soltara el puño al llevarse la mano instintivamente a su nariz del tamaño de un nabo. Golpeé de nuevo y esta vez se agachó y me agarró por las solapas de la chaqueta. Ese fue su segundo error, pero durante un breve instante de desconcierto no lo comprendí. De forma incomprensible chilló y se apartó de mí tambaleándose, con las manos alzadas delante de él como si fuera un cirujano que acabase de lavárselas; de las yemas heridas de los dedos manaba la sangre. Solo entonces recordé las hojas de afeitar que había cosido debajo de las solapas hacía muchos meses, justo en previsión de esta eventualidad.



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