Solté un taco y me levanté del sofá.

– Me llevará un minuto -grité a través de la madera-, así que no se vaya. -Di la vuelta a la llave en la cerradura y empecé a tirar de la enorme manija de bronce-. Sería una ayuda si usted empujase desde su lado -grité de nuevo. Oí el roce de los zapatos en el descansillo y luego noté la presión al otro lado de la puerta. Finalmente se abrió de golpe.

Era un hombre de unos sesenta años. Con sus pómulos altos, su nariz pequeña y fina, sus patillas anticuadas y su expresión de enfado, me recordaba a un babuino dominante, viejo y malvado.

– Me parece que me he roto algo -gruñó frotándose el hombro.

– Lo siento -dije, y me hice a un lado para dejarlo pasar-. Ha habido muchos hundimientos en el edificio. Sería necesario volver a colocar la puerta, pero, claro, no es posible encontrar herramientas. -Lo acompañé a la sala-. Con todo, no podemos quejarnos. Nos han puesto cristales nuevos y parece que el tejado no deja entrar la lluvia. Siéntese.

Señalé al único sillón y yo volví a ocupar mi sitio en el sofá.

El hombre dejó el maletín en el suelo, se quitó el sombrero hongo y se sentó exhalando un suspiro fatigado. No se desabrochó el abrigo, de color gris, y yo no le culpé por ello.

– He visto su anuncio en una pared de la Kurfürstendamm -explicó.

– ¿De verdad? -dije, recordando vagamente las palabras que había escrito en un pequeño trozo de cartulina la semana anterior. Fue idea de Kirsten. Con todos los letreros anunciando personas en busca de pareja y comercios matrimoniales que cubrían los muros de los ruinosos edificios de Berlín, suponía que nadie se habría molestado en leerlo. Pero ella había tenido razón, después de todo.

– Me llamo Novak -dijo mi visitante-. Doctor Novak. Soy ingeniero, de procesos metalúrgicos, en una fábrica de Wernigerode. Mi trabajo tiene que ver con la extracción y producción de metales no ferruginosos.



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