– Era como una hija para él -dijo Raisa.

Propenko se atragantó con un sorbo de té, se recuperó y preguntó si se sospechaba de alguien.

– Los chekisti inventarán sospechosos -le dijo su suegra, insistiendo en el uso de la palabra antigua, como si fuera más venenosa-. Tienen una larga lista de sospechosos en sus celdas de tortura, ansiosos por dar un paso adelante y confesar. Muy ansiosos.

Propenko asintió con la cabeza sin mirarla. Esta mañana no necesitaba muertes y torturas con el desayuno. En su plato había tres huevos duros, pero no los acompañaba ninguna salchicha, ni manteca para el pan, ni azúcar para el té, ninguna garantía de que, después de su reunión de las nueve, habría siquiera un trabajo para proveer dinero para comprar la comida que todavía se pudiera conseguir el mes siguiente, y el otro. Era un miembro del Partido sin ninguna salchicha en su plato; muerte y tortura era lo que menos necesitaba esta mañana.

– Bessarovich vuelve en avión desde Moscú -dijo, para cambiar de tema.

Raisa lo interpretó de inmediato.

– ¿Debido a esto?

Propenko frunció el entrecejo, mordió el primer huevo y luego tomó un sorbo de té.

– La gente comenta que ella viene para disolver el Consejo. Para llevarnos a todos a Moscú.

– Yo iría -dijo Raisa demasiado rápido-. Iría mañana, Sergei. Lydia ha ido a la iglesia casi todas las noches durante todo el verano. Se la ha visto allí. Encontrarán allí algunas de sus cosas. Ahora la torturarán como torturaron a mi padre.

– No toques este tema, no esta mañana, por favor.

– ¿Qué los puede detener?

– Yo.

– ¿Tú?

– Yo.

– Sergei, esa gente son animales, no tienen ningún…

– No va a ocurrir nada -dijo Propenko-. Eso es todo.

Raisa desvió la mirada. Marya Petrovna lo observaba como era su costumbre desde hacía veintitrés años, y todavía no estaba segura de que fuera el marido que le convenía a su hija. Pinchó un trozo de torta seca con el tenedor pero no la llevó a la boca



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