Se lavó, se vistió y fue a desayunar. Lydia estaba sentada con la cabeza gacha, las lágrimas caían sobre su kasha, el cabello colgaba lacio de modo que le ocultaba ambos lados de la cara. La abuela la observaba, con los ojos enrojecidos, ella también. Raisa estaba al lado de la cocina, escuchaba qué ocurría a sus espaldas.

Propenko apoyó una mano sobre uno de los brazos desnudos de su hija y esto provocó una nueva oleada de sollozos.

– Lydia.

Lo miró, con la cara deformada, desprovista de toda su belleza, de tal modo que se había convertido en una imagen de la pesadilla recurrente de su padre. Hombres que echaban abajo la puerta del departamento con la intención de violarla. Raisa y Marya Petrovna le gritaban que hiciera algo. Y él estaba acostado en una cama demasiado pequeña y no podía moverse ni hablar, convertido en un gigante de madera.

– Era una buena persona -dijo Propenko, pese a que nunca había llegado a conocer a Tikhonovich, sólo había oído los informes que Lydia daba noche tras noche, y se había puesto celoso. Tikhonovich ayudaba a organizar el proyecto de un orfelinato; Tikhonovich convencía a sus toscos mineros amigos de que debían acudir a los servicios religiosos; Tikhonovieh la ayudaba con las lecciones de inglés, un amigo que casi doblaba su edad, un mentor; Tikhonovieh y el padre Alexei juntos de rodillas rezando durante horas seguidas.

– Vete a la iglesia -sugirió Propenko, porque le pareció que tenía la obligación de sugerir algo-. Habla con el padre Alexei.

– Está en Moscú -dijo Lydia, y la sacudió otro ataque de llanto.

Propenko le oprimió el hombro suavemente, pero ella se escapó al cuarto de baño, y los adultos comieron pan y bebieron té mientras escuchaban el agua que corría. Lydia reapareció al cabo de un minuto, le dio a su abuela un torpe abrazo y salió por la puerta. Oyeron el golpe de la puerta del ascensor al abrirse y cerrarse y el chocar de los cables en el cajón del ascensor.



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