
– Quizá fueron ladrones -sugirió Propenko.
– No se llevaron nada.
– En estos tiempos pudo haber sido cualquiera.
– ¿Con una pistola? ¿De un tiro en la nuca? Di la verdad, Sergei.
– Fueron los chekisti -dijo Marya Petrovna, diciendo la verdad por él, refregándole la verdad en su cara.
– A Lydia no le van a hacer nada.
– Ya la han lastimado -dijo Raisa-. Te digo que estaba pegada a este Tikhonovich como una hija.
– Nos dio una clase de historia -agregó Marya Petrovna, cruzando los brazos y sacudiendo los codos, mientras le hacía saber a Propenko lo que se había perdido por quedarse en cama en semejante mañana-. La estudiante universitaria nos dio una clase de historia. Stalin, Dzerzhinsky, Yezhov, Berin. Llorando como una nube. Otra vez la década del 30, dijo.
Propenko había terminado de comer los huevos y todavía tenía hambre. Sus mujeres sufrían, obsesionadas por la historia, desilusionadas con él. Extendió el brazo por encima de la mesa y cortó una rebanada de la torta a medio comer de Marya Petrovna. Pasó la punta del cuchillo por debajo de la porción, se la acercó por encima de la mesa y se la deslizó en la boca.
Marya Petrovna se estiró para darle una palmada en el hombro. Raisa movió los labios como si fuera a sonreír.
Soñé que nos preparábamos para comer un ananá -dijo él, observándolas-. Lo cortaba como si fuera un cirujano. Sobre la mesa había jugo amarillo. Ustedes me rodeaban, dando vivas
Ahora las dos sonreían.
– ¿Dónde lo conseguiste?-quiso saber Raisa.
– Estaba ahí, simplemente.
– Ahí simplemente -dijo Marya Petrovna con nostalgia. Empujó su plato hacia su yerno, que acabó la torta en dos bocados.
3
Anton Czesich abrió la ventana del hotel y se inclinó hacia afuera con los muslos apretados contra el alféizar para mantener el equilibrio, usó el pulgar y el dedo del medio para enfocar un sector del centro de Moscú.
