El objetivo enmarcó una esquina del recinto del Kremlin (cúpulas de iglesia doradas que relucían a la luz mostaza del atardecer) y más allá, por encima de ellas, un arrugado edredón de nubes púrpura que avanzaba sobre la ciudad. El viento del oeste soplaba con fuerza contra las ventanas, forzando el marco y haciendo chirriar las bisagras, y salpicaba las manos de Czesich con granitos de polvo. Contuvo el aliento y oprimió el botón del obturador, luego dejó la cámara de lado para mirar. Desde la altura de diez pisos, incluso Moscú, acosado como estaba por la intriga y la carencia, parecía estar en paz.

Todos los vicios del mundo libre se exhibían en la acera del hotel: un par de prostitutas se apoyaban contra uno de los pilares de cemento entre risas; un vendedor furtivo del mercado negro; un ómnibus de turistas alemanes de sonrisas afectadas, que mascullaban y se quejaban, mientras miraban cómo dos maleteros rusos canosos luchaban con su equipaje y un carro de metal. Los taxistas fumaban y challaban en pequeños grupos arrogantes, y detrás de ellos, bien en el medio de la entrada, se había instalado una limusina Zil negra con placas del Ministerio del Interior.

Czesich se quedó un tiempo al lado de la puerta, observando, como era su costumbre, desde una cierta distancia. Las prostitutas no lo tomaban en cuenta, pero él veía cómo los taxistas y el vendedor furtivo practicaban sus inspecciones, hacían sus cálculos, dirigían miradas codiciosas a su paraguas, sus zapatos, su llamativa corbata americana y su portafolio de cuero nuevo. Al cabo de pocos segundos de esta inspección, uno de los taxistas se acercó con mucha calma.

– ¿Kuda? -preguntó, recorriendo con la mirada desde el nacimiento del cabello de Czesich hasta los cordones de sus zapatos y de abajo arriba una vez más.

– ¿Adonde?

– A la Embajada Americana.



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