– Dvadtsat dollarov. -El taxista apretó los labios alrededor del filtro de su cigarrillo y estudió a Czesich a través del humo. Veinte dólares. Era un viaje de doce minutos.

– Un paquete de Marlbara -replicó Czesich

– Vamos.

El taxi hedía a nafta pero el conductor no parecía notarlo. Arrojó la colilla del cigarrillo por la ventanilla en dirección a la limusina del ministerio, encendió otro, puso la primera y salió como bala del hotel hacia el tránsito de la plaza Nogina. Adelante, Czesich, pudo ver el reflejo de los relámpagos que cortaban un cielo encapotado.

– Lo tomé por un turista -dijo el conductor a modo de disculpa.

Czesich bajó la ventanilla para tener una mejor vista de la ciudad. Algunas gotas grandes ya marcaban la calle y la acera, y delante de la tienda para niños El Mundo de los Niños, donde se había reunido un grupo enorme de vendedores y mercaderes ambulantes de diverso tipo, alcanzó a ver sombrillas que surgían como hongos. El aire de Moscú le pareció más sucio de lo que recordaba. Los camiones con cubierta de lona de color, ómnibus de doble largo que despedían vapores de diesel bajo las luces de tránsito, las nubes de lluvia arremolinadas bajas y oscuras sobre su cabeza, la columna de reclutas del ejército que avanzaba a paso redoblado a lo largo de la vereda, los hombres y las mujeres que canjeaban botas por carne a pocos metros de distancia. La ciudad daba la impresión momentánea de una capital en llamas y hambrienta en tiempo de guerra.

En el mejor estilo ruso, el conductor se alejó a la carrera del semáforo cambiando de un carril a otro.

– ¿Cómo es que habla la lengua como un nativo? -le preguntó entre pitadas.

– Los padres de mi padre dejaron Moscú cuando comenzó la Revolución.

– Pravilna -dijo el taxista asintiendo con la cabeza. La palabra significaba “correcto", pero la inflexión del hombre la adornó con matices de admiración y aprobación-. ¿Y adonde se mudaron?



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