– Deeplamat -dijo Czesich aunque, técnicamente, no era cierto. Tenía pasaporte diplomático y la usual e inútil autorización del departamento de seguridad, pero era un empleado administrativo común, un burócrata bilingüe, Agencia de Comunicaciones de Estados Unidos, Grado 14, Nivel 3-. He venido con el programa de alimentación.

– ¿Vende comida americana?

– La entrego.

El conductor asintió con repentina solemnidad.

– El discurso de Puchkov.

– Correcto. -Boris Puchkov era el nuevo ministro del Interior, una estrella stalinista en ascenso. No hacía mucho había pronunciado un discurso en el que advertía que los envíos de alimentos planeados por Occidente estaban afectados por la radioactividad y productos químicos, y que el personal de distribución estaba conectado con la CÍA. El discurso había molestado a Gorbachov, por supuesto, y los periodistas y la gente de inteligencia habían salido a toda prisa en busca de evidencias de una inminente insurrección de la derecha, pero no era nada nuevo. En los últimos seis meses, la perestroika había llegado a parecer una receta para morirse de hambre. Los adversarios del Presidente habían gozado de un perfil alto. En la derecha, el ejército y la KGB gruñían como perros encadenados. En la izquierda, Yeltsin se pavoneaba lanzando proclamas. Gorbachov, antes tan vibrante y optimista, era ahora un sol en ocaso, alrededor del cual enemigos y traficantes en rumores se mantenían en órbita.

– Entonces usted probablemente es un espía -dijo el conductor por encima del hombro.

– Está claro. ¿Por qué otra razón podría querer regalar alimentos?

Luego de un leve silencio, el taxista soltó una risita. Entró en la avenida, siguió unos trescientos metros, luego hizo el habitual raz cruzando la doble línea amarilla y dio una amplia vuelta de ciento ochenta grados en contra dirección sobre el pavimento mojado.



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