
En vez de detenerse frente a la puerta de la embajada, quedando a la vista del par de oficiales de la KGB que hacían guardia allí, paró el auto unos metros más allá.
– ¿No tendría algo para vender?
– ¿Comida?
– Comida, dólares, camisetas. Cualquier cosa.
– Los alimentos ya están en camino a Vostok -le contestó Czesich-. Y temo que las otras cosas sean ilegales para nosotros.
– ¿Vostok? ¿Están regalando comida en Vostok? Mi esposa tiene un primo en Vostok que hace unas hermosas muñecas de madera. ¡Podríamos arreglar un negocio!
– No lo creo -dijo Czesich. Como consuelo, metió la mano en el bolsillo derecho de la chaqueta (su bolsillo para regalos), sacó un encendedor que tenía grabado el escudo de un club campestre de Virginia que nunca había visto, y se lo alcanzó.
– Un recuerdo.
El conductor examinó el encendedor con sus dedos manchados de tabaco y tiró el cigarrillo por la ventanilla. Metió la mano en su bolsillo para regalos y le ofreció a Czesich un pequeño calendario, que en un lado mostraba los meses de un año ya pasado y en el otro a una mujer rubia con enormes senos desnudos. La mujer estaba de rodillas con las manos en los muslos, apretando sus senos entre los codos como pálidos globos. El taxista sonrió y dejó ver un diente de plata mientras añadía "Glasnost".
4
Propenko bajó al trote los tres pisos por la escalera y salió a la mañana de Vostok con un vestigio de buen humor, pero ese estado de ánimo no tenía ningún fundamento y él lo sabía, así que no le sorprendió sentir como se desvanecía a medida que se acercaba al Edificio del Consejo de Comercio e Industria. Aparcó en el lote colindante, pasó por su oficina, luego fue a la sala de conferencias, se sentó a solas con el retrato tamaño natural de Vladimir Ilych, y contemplé el espectro del desempleo. El asesinato del amigo de Lydia flotaba en el aire a su lado, no del todo real.
