
Al cabo de unos minutos, Nikolai Malov entró con mucha calma y se sentó a la derecha de Propenko.
– Nuestra jefa de la capital nos honra con su presencia -dijo Malov con sarcasmo. La piel de la comisura de su boca se contrajo. Resaca, supuso Propenko-. ¿Por qué ahora, qué supones? -le preguntó Malov.
– Tú lo sabes mejor que yo, Nikolai.
Malov pareció ofendido. Se frotó su oreja mala.
– ¿Cómo habría de saberlo, Sergei? No tengo ninguna conexión con esta mujer. Para mí es tan sólo otra perra de Moscú.
Propenko se encogió de hombros y miró la puerta. La perra de Moscú de Malov podía entrar en la habitación en cualquier momento y convertir el Consejo de Comercio e Industria en cenizas con dos palabras.
– ¿Te enteraste de lo del empleado de la iglesia?
Propenko asintió fríamente.
– Algo terrible, ¿no?
– Una tragedia -repuso Propenko en tono neutral. Malov parecía bastante sincero, pero uno nunca sabe. Era un hombre con muchas obligaciones, una docena de máscaras y voces. Se rumoreaba que, además de su tarea en el Consejo de la Industria, trabajaba de noche en la sede del Partido asesorando al Primer Secretario, o en las celdas de la chekisti interrogando a activistas políticos con picanas para ganado; que tenía amigos en las altas esferas de Moscú, que él y el Primer Secretario compartían una amante.
– Asesinatos, huelgas de hambre, violaciones. ¿Qué dirían nuestros padres si vivieran, eh Servozha?
– Dirían que nuestra pureza socialista ha sido corrompida por la decadencia burguesa.
– Exactamente -dijo Malov en tono aprobatorio. Propenko desvió la mirada.
Para cuando Lyudmila Bessarovich hizo su majestuosa entrada, con un resonar de tacones y balanceo de caderas, Propenko y Malov estaban acompañados por el grupo de hombres que Raisa llamaba Nuestros Generales.
