El sereno bajó lentamente los peldaños crujientes y camino de espaldas hacia el cementerio con la cara vuelta al cielo. Malov estaba en cuclillas a quince metros de él Podía ver la espalda musculosa de Tikhonovich y una pequeña y reluciente calvicie en la coronilla. Podía escucharlo murmurar "Gospodi pomilui, Gospodi pomilui, Gospodi pomilui", y la cadencia monótona de la oración enfrentó a Malov con una imagen repentina: su propia madre arrodillada en la pequeña iglesia de madera de Ozerskoe, mientras invocaba la clemencia de un Señor despiadado. Gospodi pomilui. Malov podía oír al sacerdote del pueblo desgranar monótonamente su liturgia sin vida, y sumir a la congregación en la culpa y la superstición Podía percibir a las mujeres viejas apiñadas a su alrededor, con olor a ajo y a jabón. Podía ver la piel curtida de sus manos que iban y venían de la frente al pecho y a los hombros, la vista baja, la atención concentrada en un reino que él nunca pudo llegar a imaginar.

Malov. como impulsado por los detalles de esta visión, alzó su pistola y apuntó. A esta distancia, a despecho de la misericordia del Señor, enviaría al camarada Tikhonovich al cielo con sólo la presión de un dedo.

Sintió recular la pistola contra su pulgar Escuchó un sonido como el de una mano desnuda al golpear cemento, y vio a Tikhonovich caer sin ruido sobre la tierra del cementerio. Las suelas de sus botas de campesino se movían espasmódicamente como las patas de un perro dormido.

Cuando cesaron los movimientos y quedó inmóvil. Malov se irguió. se limpió la tierra de las rodillas y avanzó hacia la puerta de la iglesia. De su bolso de cuero saco el pincel y la pintura, y en rojo, con letras irregulares, dejó impreso un verso de su propia liturgia:

¡EL PARTIDO ES LA MENTE, EL HONOR Y LA CONCIENCIA DE NUESTRA ERA!



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