
2
Sergei Sergcievich Propenko soñó que estaba abriendo una piña. Sentado a una sencilla mesa blanca, sostenía la fruta con una mano mientras tenía un cuchillo de cocina en la otra. A sus espaldas estaban su esposa, su hija y su suegra, y cuando cortó el ananá a lo largo con el cuchillo, las mujeres se pusieron a vitorear. En el sueño sentía que una sonrisa le pellizcaba los músculos de la cara, veía el jugo pegajoso sobre el mantel, por encima del aplauso oía la voz de su hija,Lydia. que lo instaba a apurarse. Unió las dos mitades apretándolas con el pulgar y el dedo del medio, hizo dar un giro de noventa grados sobre su eje a la fruta, bajó el cuchillo otra vez, y la soltó. Las cuatro secciones se separaron en una erupción de suculenta carne amarilla y se mecieron sobre la superficie pegajosa de la mesa: un triunfo.
Entonces de algún modo el aplauso se convirtió en un sollozo. A Propenko le llevó un momento comprenderlo. Sollozos, chinelas que raspaban el piso de la cocina, la suave explosión del gas de la cocina, una cuchara que tintineaba en una taza, más sollozos. Su hija dejó escapar una palabra ahogada que sonó como "santo" y él se preguntó cómo una celebración se podía convertir con tanta rapidez en tristeza en el reino del sueño. Pero ya no era el reino del sueño: a los ruidos de la cocina se sumaron los ruidos de la calle (frenos chirriantes de ómnibus y los cables del troley que se sacudían) y se desvaneció toda sensación de festejo. Propenko mantuvo los ojos cerrados y trató de aferrarse a los restos de su sueño, trató de recordar la última vez que había sentido un trozo de piña sobre la lengua.
Fue. si la memoria no le fallaba, en 1963.
Los pies y los tobillos sobresalían del extremo del colchón, como siempre, y sintió que Raisa le pellizcaba el pulgar a través de la sábana.
– Sergei, siete y media. Tienes una reunión a las nueve.
