
– ¿Qué tragedia ocurre en nuestra cocina?
Ella se sentó sobre el colchón, contra su cadera, y un viejo terror ruso remolineó por debajo del cutis de su cara.
– Anoche asesinaron al cuidador de la iglesia. El amigo de Lydia.
Propenko se apoyó sobre los codos.
– Un tiro aquí -dijo Raisa. Señaló su nuca con un dedo-. Uno de los amigos de mamá pasó por acá hace unos minutos y se lo dijo. -Apretó los labios y lo que había estado debajo de sus mejillas surgió y enrojeció la superficie, algo que Propenko había visto otras veces. La tetera silbó. Lydia seguía llorando en la cocina. Raisa le apretó la mano y lo dejó.
Se quedó sentado en la cama, invadido por un recuerdo de veinte años atrás. Estaba solo con su pequeña hija en el apartamento de dos habitaciones en Makeyevka (Raisa y Marya Petrovna estaban en la iglesia) y Lydia se echó a llorar y a agitar sus diminutos puños enrojecidos en el aire. Los bebés eran un misterio para él; había crecido en una familia en la que no había ninguno, y cuando el llanto se intensificó le pareció que se ahogaba, como si algo pasara con los pulmones de Lydia. Se acercó a la cuna y con una mano le frotó suavemente el cuerpo, desde el cuello a las rodillas, mientras sentía que el vientre soplaba como un fuelle. Al comprobar que no surtía efecto, la levantó y sostuvo el cuerpo sin peso sobre su hombro, como había visto hacer a Raisa, y caminó por el cuarto de estar palmeando la diminuta espina dorsal de Lydia. No dejaba de llorar. Se retorcía, chillaba y se esforzaba por respirar, dejando caer lágrimas y saliva sobre la espalda de su camiseta y llenaba de angustia el pequeño apartamento. Le frotó la espalda, le cantó y la meció de un lado a otro; la acercó a la ventana y le dejó mirar el humo que ondeaba y enturbiaba el aire, en la fábrica de paneles de hormigón. Nada dio resultado; la terrible tristeza persistía.
Esa vez se había sentido acusado, y ahora sentía lo mismo.
