
– ¿Pueden buscarle a Rose algo de ropa formal? -preguntó a una de las dependientas, mientras Rose le lanzaba una mirada molesta.
– Esto me hace sentir como una Barbie. «Hoy vamos a vestida para ir a la oficina».
– ¿No quieres que te ayude? -preguntó Marcus,
– No.
– Rose.
– De acuerdo -mientras la empleada iba en busca de algo apropiado, le lanzó una mirada en la que había una disculpa, aunque el desafío aun estaba presente-. Vale. Estás siendo muy amable y yo me estoy comportando como una estúpida. Pero esto me parece… incorrecto.
– Esto es lo más sensato. Simplemente, hazlo. -Pruébese esto -dijo la dependiente, dirigiéndole una brillante sonrisa a Marcus. La mujer puso el traje contra en cuerpo de Rose, aunque esperaba que fuera él quien decidiera.
Sin embargo, él no tuvo oportunidad de decidir, porque Rose levantó la etiqueta del precio y dejó escapar un pequeño grito. Apartó el traje y miré a Marcus como si se hubiera vuelto loco.
– ¿Es que has perdido la cabeza? -le espetó.
– ¿Qué quieres decir?
– Mira el precio. No puedo permitirme comprar esto.
– Pago yo, ya te lo dije. Yo eché a perder tu ropa. -Sí, me echaste el batido encima de una camiseta de cinco dólares y ahora estás intentando reemplazarla con esto que cuesta tres mil. ¡Tres mil dólares! Mira, esto se nos está yendo de las manos. Ya has hecho suficiente y yo no puedo quedarme más -dijo mientras se dirigía a la puerta.
– No conseguirás ver a Charles -la previno Marcus. La lucha interna que Rose estaba teniendo se reflejaba en su rastro, y él también pudo sentirla. Pero Marcus se había estado divirtiendo. No había sido tan malo hacer de benefactor millonario de una pobre chica. Peto se suponía que la chica tenía que estar agradecida y sonreír dulcemente.
