
Rose seguía avanzando hacia la puerta, manejando con dificultad las muletas. Empezaba a parecer desesperada.
– Tengo que tratar con Charles yo sola -murmuró.
– Estabas de acuerdo en hacer esto.
– Fui una estúpida. Debí de golpearme la cabeza con las escaleta. Y ahora estoy en una tienda elegantísima con un tipo que tiene más dinero del que nunca podré imaginar… y que me está ofreciendo gastarse en un traje la cantidad de dinero con laque yo podría alimentar a mi familia durante un año.
– ¿Tu familia?
– No tengo por qué hablar de mi familia. Ya no puedo más, tengo que irme. Lo siento -dio algunos pasos más, hasta llegar a la puerta-. Lo siento. Muchas gracias por todo lo que has hecho.
– Rose…
– No puedo hacéroslo. No puedo.
La alcanzó tres puertas más abajo. La había seguido, aunque no estaba muy seguro de por qué se empeñaba en ayudarla.
Le había dejado algo de tiempo para que se calmara y ahora la veía caminar más despacio, como si no supiera a dónde ir. Tenía los hombros caídos y parecía totalmente desesperada.
Entonces la alcanzó. Le puso una mano en el hombro y la giró para que lo mirara. No le sorprendió ver lágrimas en sus bonitos ojos.
Pero ella dejó de llorar en cuanto sintió el contacto. Se limpió las lágrimas y dio un paso atrás, balanceándose peligrosamente.
– Déjame sola.
– Lo siento.
– No deberías sentirlo. Sólo estabas intentando ser amable.
Marcus desechó el deseo de actuar como hada madrina de Rose. Intentó ponerse en su lugar. Mucho tiempo atrás él también había dependido de otras personas, y sabía que era mucho más difícil tomar que dar.
– He sido un poco insensible -consiguió decir-. Pensaba que podía ayudar. Y aún quiero hacerlo.
– No puedes -contestó ella,
– Sabes que sí. Y estaría encantado de hacerlo si me dejas.
– Sí, claro. Con el maldito dinero -se enjugó más lágrimas-. Eso es lo único que sabes hacer.
