– Seguro que piensas que soy una desagradecida -dijo Rose finalmente. Pero Marcus estaba tan lejos de pensar eso que parpadeó, sorprendido.

– No lo creo. Deja que te dé de comer.

– ¿Como si fuera algún bicho en una jaula del zoo?

Él sonrió.

– Lo siento. Me he expresado mal. Come conmigo, por favor.

– ¿Por caridad?

– Porque necesito recompensarte.

Lo miró durante largos segundos, y en ese momento algo cambió. La imagen de la Cenicienta se difuminó un poco más y Marcus se dio cuenta de que era una mujer realmente fuerte.

Rose se sentía superada por las circunstancias. No estaba segura de lo que estaba ocurriendo, y eso que ella siempre llevaba el control de las situaciones. Sin embargo, a pesar de sentir que lo estaba perdiendo, continuaba luchando.

– Gracias-le dijo finalmente-. Me encantaría comer contigo.

A Marcus lo invadió una oleada de absurda gratitud al escuchar sus palabras.

– Y a mí también -respondió con sinceridad.

La llevó a un restaurante al que no había ido en años. El propietario, un hombre robusto de casi setenta años, lo recibió encantado.

– Pero si es el gran Marcus, que ha venido a honrar este humilde establecimiento con su presencia…

– Corta el rollo, Sam -gruñó Marcus.

– ¿A qué debo este honor? -el hombre miró a Rose y le dedicó una cálida sonrisa de bienvenida-. Una dama. Por supuesto. Y una dama con clase, es evidente. Apuesto a que podría apreciar cualquiera de mis especialidades sin pensar siquiera en las calorías.

– Tiene toda la razón -Rose pareció relajarse por fin con la amabilidad de Sam-. ¿Qué me recomienda?

– En este establecimiento todo es recomendable. Le diré lo que vamos a hacer… -miró de reojo a Marcus, y éste asintió casi imperceptiblemente. El restaurante de Sam era famoso, con una reputación bien merecida. El hombre podía intuir lo que la gente necesitaba, y simplemente lo ofrecía, junto a grandes dosis de comodidad, amistad y buen humor-. Traeré mi especialidad. Sólo tendréis que sentaros y no pensaren nada, excepto en aquello de lo que tengáis que hablar. No os preocupéis por la comida, que de eso me encargo yo.



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