
No pensar en nada excepto en aquello de lo que tenían que hablar… Pero parecía que no había nada de lo que hablar. O, al menos, así lo veía Rose. La comida de Sam era espectacular una enorme olla de sopa de pescado con almejas, receta heredada de su abuela, y una especie de tortitas de maíz que estaban espectaculares.
Era una comida exquisita, pensó Marcus, y de repente se preguntó por qué había pasado tanto tiempo sin ir a aquel restaurante. Se reclinó en su asiento, disfrutando de la comida y del ambiente. El local estaba lleno de estudiantes, madres jóvenes, universitarios y artistas que parecían no tener absolutamente nada en la vida. Todos comían con la misma dedicación que Rose.
Y mientras ella comía, Marcus pensó en la cita que había tenido la noche anterior. Elizabeth era una magnífica abogada, elegante, sofisticada y atractiva. Pero había tomado sólo una ensalada y medio vaso de vino. Por supuesto, había rechazado el postre.
Su magnífica figura requería ciertos sacrificios, había pensado Marcus, y aunque ella te había invitado a su exclusivo apartamento para tomar café, café fue lo único que compartieron. A él no le había apetecido llevar las cosas más lejos.
Pero ahora… sentado a la mesa y observado a Rose devorar la sopa y saborear cada bocado de las tortitas, pensó que prefería aquel cómodo silencio a una conversación ingeniosa. Estaba disfrutando de verdad.
– ¿Qué? -preguntó ella de repente.
– ¿Cómo dices?
– Me estás mirando como si fuera un bicho raro. No me gusta.
– Eres australiana. ¿Qué esperabas?
– ¿Nunca has conocido a un australiano?
– A ninguno al que le guste la sopa de pescado tanto como a ti -respondió Marcus.
