– Es la mejor que he comido en la vida.

Rose le sonrió y él parpadeó, asombrado. Vaya sonrisa… capaz de volver loco a un hombre. ¿De dónde había salido? Era una sonrisa generosa y brillante, acompañada por un pequeño hoyuelo junto a la boca…

«Cálmate, Benson», se dijo. Seria mejor que no se involucrara más.

– ¿Quieres contarme por qué tienes que ver a Charles Higgins? -preguntó, y la sonrisa se desvaneció. Maldición, no tenía que haberlo mencionado.

Pero por eso estaban allí. Era importante y, para ser sinceros, Marcus estaba intrigado.

Aquella mujer acababa de rechazar un traje de tres mil dólares como si nada. Ninguna mujer de las que Marcus conocía habría techo eso.

– Me tiraste al suelo en las escaleras, pero en parte fue culpa mía -dijo ella, como si le estuviera leyendo el pensamiento-. No quiero depender de nadie. Si te gastaras tres mil dólares en un traje para mí, me sentiría mal el resto de mi vida. Y Charles sabría que sólo era fachada.

– ¿Charles te conoce?

– Ya te lo dije. Es mi primo -contestó Rose.

– Entonces, ¿por qué…?

– Crees que porque soy de la familia puedo verlo cuando quiera.

– Sí, algo así -confesó él.

– Estoy aquí porque mi tía ha muerto -dijo Rose-. La madre de Charles. He pasado los últimos días sentada junto a la cama de la tía Hattie. No he visto a Charles y a Hattie la entierran mañana. Puede que Charles no vaya al funeral pero, desde luego, no lo va a pagar.

– Entonces… ¿No eres familia cercana? -se aventuró a decir Marcus.

– Claro que lo soy -y le dio otro bocado a una tortita. Aunque fuera una conversación difícil, no se olvidaba de que estaba disfrutando de la comida. Su voz, sin embargo, tenía un rastro de amargura-. Soy la buena de Rose, la que siempre hace lo correcto y se encarga de los asuntos familiares. No como Charles.

– Entonces, ¿por qué necesitas verlo?



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