
Ella inspiró profundamente. Dejó el cubierto en el plato e inclinó la barbilla con un gesto que Marcus estaba empezando a reconocer.
– La tía Hattie y mi padre tenían cada uno la mitad de la granja familiar -le dijo-. Mi padre nos dejó su mitad cuando murió hace diez años, y el trato siempre había sido que Hattie haría lo mismo. Pero no lo hizo. Le dejó su parte a Charles, así que necesito que él… -Rose vaciló, como si aceptara la imposibilidad de lo que estaba apunto de decir-. Necesito que acepte mi propuesta de no vender la granja. Que me la deje hasta… hasta que yo sea libre.
– ¿Libre?
Ella lo miró con ojos llenos de dolor.
– La granja es todo lo que tengo. Para Charles no significa nada, sólo dinero. Tiene que darse cuenta de que no dejarme vivir allí sería desesperadamente injusto -se mordió el labio inferior, tratando de apartar un dolor que parecía inamovible-. Pero eso no tiene nada que ver contigo. Charles es mi primo, y es problema mío. Tú me has invitado a comer, y ahora me asearé lo mejor que pueda y me enfrentaré a él otra vez. Y si no consigo nada me iré a casa, pero al menos lo habré intentado.
Marcus no podía soportar esa mirada de dolor. La situación era como ver enfrentarse a David y Goliat, y Goliat era Charles Higgins. Tenía que quedarse con ella.
– No puedes enfrentarte sola a él.
– Por supuesto que puedo.
– Nada de por supuesto -gruñó él-. Charles es un baboso. Tal vez sea diferente con su familia, pero sigue siendo un baboso. Puede que me excediera un poco con lo del traje de tres mil dólares, pero mi instinto nunca falla. Buscaremos algo de ropa decente y yo iré contigo. Puedo conseguirte una entrevista con él.
– ¿Cómo?
– Para empezar, el edificio en el que tiene sus oficinas es mío.
– Estás bromeando -dijo Rose sorprendida.
– Desgraciadamente, no. Ya he decidido no renovarle el contrato de alquiler, pero eso él no lo sabe. Puedo ejercer presión.
