Rose era tan diferente… Marcus se descubrió preguntándose cómo el día había acabado de aquella manera. En vez de firmar acuerdos de millones de dólares, estaba conversando sobre el sex appeal de Ringo. Y estaba disfrutando.

Pero en aquel momento llegaron a las oficinas, y las manos de Rose se agarrotaron de nuevo.

– No te preocupes -le dijo Marcus, poniendo una mano sobre las suyas. El contacto los sorprendió a los dos. Fue como si los recorriera una corriente de electricidad, pero cálida, íntima y reconfortante-. Estaré detrás de ti. A cada momento.

La señorita Pritchard, alias Atila el Huno, la secretaria de Charles, era una mujer insoportable. Cuando Rose salió del ascensor, la vio acercarse y suspiró. Ni siquiera fingió ser educada.

– ¿Qué quiere?

– Tengo una cita -dijo Rose, intentando que su voz fuera firme-. Era a las diez de esta mañana.

– El señor Higgins tenía un momento libre a las dos -contestó la mujer con desdén-, pero usted no estaba. Ya no va a tener un hueco hasta la semana que viene.

– Entonces, pregúntele al señor Higgins si me concede a mí una cita -dijo Marcus, que se había quedado detrás de Rose, haciendo que la mujer desviara hacia él la mirada-. Creo que su contrato de alquiler está a punto de expirar y, como arrendador, espero un comportamiento profesional de mis arrendatarios. Rose tenía una cita a las diez esta mañana y todavía está esperando. No me gusta tener a clientes contrariados vagando por las oficinas -señaló una silla-. Rose, si quieres sentarte… -le dirigió a la secretaria una sonrisa burlona-. Esperaremos. Dígale al señor Higgins que estamos aquí y que esperaremos lo que haga falta.

La frialdad de los ojos de Atila desapareció al instante. Había muy pocas personas en la ciudad que no fueran conscientes del poder de Marcus.

– Pero… -empezó a decir la mujer.

– Usted dígaselo -dijo Marcus con aire cansado-. Me gustaría acabar con esto cuanto antes, y espero que el señor Higgins piense lo mismo.



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