
Y el señor Higgins lo pensaba. Cinco minutos después, Marcus y Rose eran conducidos a su presencia.
Decir que Rose estaba tensa era quedarse corto. Aquella entrevista era extremadamente importante para ella, pensó Marcus. Intentaba parecer tranquila, práctica y eficiente, aunque por dentro hervía de rabia.
Charles estaba sentado tras un enorme escritorio de caoba. Antes de que pudiera levantarse, Rose había atravesado el despacho, golpeando con las pateas de las manos la pulida superficie de madera con tanta fuerza que una de las bandejas de papeles saltó.
– Eres un sapo asqueroso-le espetó. Marcus parpadeó asombrado al oírla-. Hiciste venir a Hattie hasta aquí y ella vino porque pensaba que la querías, pero no era así. La abandonaste -la voz de Rose estaba cargada de desprecio y de ira-. Podría haber muerto en casa conmigo. Con Harry. Con la gente que la quería. Pero le dijiste que querías que estuviera aquí, donde no conoce a nadie. ¿Cómo pudiste hacerlo?
– Mi relación con mi madre no tiene nada que ver contigo -respondió Charles. Tenía casi cuarenta años, era obeso y llevaba un traje de tres piezas que, aunque se veía desaliñado, era carísimo. Miraba a Rose con evidente desprecio-. No tengo ni idea de lo que quieres de mí, Rose, ni por qué te has molestado en concertar esta cita -miró a Marcus rápidamente y luego volvió a centrar su atención en ella. Era evidente que Marcus era la única razón por la que había accedido a verla-. Tampoco sé cómo has conseguido arrastrar al señor Benson hasta aquí.
– A mí no me arrastra nadie a ningún lado -dijo Marcus con suavidad. Agarró una silla y se sentó, como si fuera alguien que estaba allí para pasárselo bien.
– Esto es un asunto familiar -dijo Charles, y Marcus le dedicó una sonrisa.
– Considérame de la familia de Rose. Rose, odio decirlo, pero no creo que sermonear a Charles por el comportamiento que ha tenido con su madre, sea justificado o no, nos vaya a llevar a ninguna parte. Dejémoslo y salgamos de aquí. Este lugar me pone nervioso.
