Charles sé ruborizó.

– No tienes por qué quedarte.

– He venido con la dama. Rose, di lo que tengas que decir.

Rose se mordió el labio y su mirada se encontró con la de Marcus. Este le envió un mensaje silencioso: «Cálmate. Enfadándote no vas a conseguir nada».

Rose lo entendió y luchó por recuperar el control, inspirando profundamente.

– El testamento… -empezó a decir.

– Ah, sí -Charles también había tenido tiempo para tranquilizarse-. El testamento -le lanzó otra mirada nerviosa a Marcus y se hundió aún más en su sillón de cuero. El enorme escritorio estaba pensado para intimidar a los clientes, y Charles no tenía intención de abandonar su protección-. ¿Qué demonios tienes que decir del testamento de mi madre?

– Se suponía que Hattie me iba a dejar su parte de la granja.

– Me temo que no, primita.

A Marcas le entraron ganas de golpearlo, y tuvo que contenerse con todas sus fuerzas.

– Hattie ha vivido siempre en la granja -dijo Rose-. Igual que todos nosotros. Todos menos tú. Te fuiste hace veinte años, pero la granja te ha pagado la educación y los viajes -paseó la mirada por el lujoso despacho-. Estoy segura de que subvencionó todo esto. Tas gastos casi nos han dejado en la ruina. Además, siempre te has llevado la mitad de los beneficios. Es una locura que te dejara su mitad de la granja.

– Soy su hijo.

– Pero te lo hemos dado todo y ella sabía que yo no podría comprar tu parte. Eso me obligaría a vender.

– No es problema mío -dijo Charles con frialdad.

– No -ella tomó aire, obligándose a calmarse-. No es problema tuyo, y no debería serlo. Todo lo que te pido… Todo lo que te pido es que conserves tu mitad de la granja y dejes que yo la siga llevando hasta que Harry sea mayor de edad.



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