
– Harry… -Charles hizo una mueca de desprecio, pero pareció recordar que Marcos aún estaba allí y forzó una sonrisa-. ¿Cuántos años tiene Harry?
– Doce.
Doce. Marcus frunció el ceño, procesando la información. Rose no era lo suficientemente mayor como para tener un hijo de doce años… ¿no?
– Necesitamos quedamos en la granja hasta que Harry cumpla los dieciocho. Charles, sabes lo importante que es la granja para todos nosotros -Rose casi estaba rogando.
– A mí nunca me importó.
– Pero te pagó los estudios. Te permitió ser lo que querías ser, y quiero que Harry también tenga esa oportunidad. No me importa que te sigas llevando la mitad de los beneficios, y la tierra no hace más que revalorizarse.
– Lo he comprobado -dijo él-. Ahora se vendería por una fortuna y, como está cerca del mar, podría convertirse en una granja de animación.
– Nos encanta la granja.
– Olvídalo. Voy a vender.
– Charles…
– Mira, si no tienes nada más que decirme… -miró a Marcus con nerviosismo, preguntándose cómo demonios se habría involucrado en aquello-. Me estás haciendo perder el tiempo.
Rose tragó saliva y abrió y cerró las manos con fuerza. Por fin vio que era inútil seguir insistiendo y se rindió.
Marcus vio cómo ella aceptaba la derrota, y le dolió. Sintió un deseo casi irrefrenable de darle un puñetazo a Charles.
Pero Rose había pasado al siguiente punto.
– ¿Vendrás mañana al funeral de Hattie? -preguntó en un susurro.
– Los funerales no son lo mío.
– Hattie era tu madre.
– Sí. Y está muerta. Pero lo he superado, igual que tienes que hacer tú. Y en cuanto el funeral acabe, la granja se pondrá a la venta. Estaría a la venta hoy mismo si no fuera por esa cláusula.
– ¿Qué cláusula? -preguntó Marcus.
Ése era el tipo de negociaciones en las que él era bueno. Había aprendido que era mejor no precipitarse, siso quedarse al margen, escuchando, concentrándose en lo esencial y comprobándolo todo.
