Charles le dedicó una mirada molesta.

– Mi madre puso un estúpido codicilo en el testamento. Yo me marché antes de que el abogado terminara de leerlo, pero sé que lo hizo.

– Háblame de ello -pidió Marcus con amabilidad.

– No es asunto tuyo.

– Háblame de ello.

– Si me caso, heredaré -intervino Rose, apenada-. No tiene ningún sentido. Justo antes de que Hattie se marchara para venir aquí, salí con uno de los granjeros de la zona. Solamente tuvimos un par de citas, pero fue bastante para que Hattie creyera que me iba a casar. Como si pudiera hacerlo. Pero ella pensaba… Bueno, se preocupaba por mí, la pobre tía Hattie. Pensaba que me pasaría la vida cuidando de mi familia, sin preocuparme por mí misma. Por eso añadió esa estúpida cláusula; si estoy casada, heredaré. Creyó que casándome disfrutaría más de la vida. Pero es imposible.

– ¿No podrás casarte… nunca?

– ¿En una semana? -Rose se rió amargamente-. Hattie estaba muy enferma. Incluso se le empezó a ir la cabeza antes de abandonar Australia. Por eso probablemente Charles pudo convencerla para que viniera. Estaba aquí sola, y Charles pudo presionarla para que le dejara la granja. Así que escribió un testamento dejándoselo todo pero, según parece, añadió un codicilo cuando Charles la dejó sola con el abogado. La cláusula dice que sí me caso antes de una semana de su muerte, la granja pasará a ser mía. Pero… ¿una semana? Tal vez quisiera decir un año. Bueno, en cualquier caso, dijo una semana, y el plazo se acaba el miércoles -volvió a mirar a su primo, aunque estaba segura de lo que éste iba a decir.

– Charles, por favor.

– Vete. Me estás haciendo perder el tiempo -Charles se levantó, se alisó el chaleco y se dirigió a la puerta.

Marcus lo observó. A su obesidad se añadía su corta estatura, lo que le hacía parecer una bola de grasa. Un baboso.



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