
– Siento que le haya hecho perder el tiempo, señor Benson -le dijo Charles-. Vuelve a la granja, Rose, a donde perteneces. Disfruta las pocas semanas que quedan antes de que se venda. Pero hazte a la idea de que estará en el mercado en cuanto acabe la semana.
– Siento haberte hecho perder el tiempo.
Habían permanecido en silencio hasta que salieron a la calle. El sol brillaba con fuerza y Rose parpadeó, como si creyera que el sol no podía existir en un lugar como aquél.
– Deduzco que la granja se puede vender por un precio elevado -dijo Marcus suavemente.
– ¿Qué? Ah, sí. Ya oíste lo que dijo.
– Entonces quedarás en una posición acomodada.
– No, no será así.
– ¿Tienes alguna aptitud profesional? -preguntó él-. ¿Una carrera?
– Sí. Soy granjera.
– ¿Y no puedes conseguir trabajo en algún sitio? ¿En alguna granja?
– ¿Estás bromeando? ¿Con cuatro niños? ¿Quién me contrataría? -dijo Rose.
– ¿Cuatro niños? -preguntó Manáis con cautela, y ella se encogió de hombros, como si no fuera asunto suyo. En realidad, no lo era. O no debería serlo.
– Mira, ya te dije que lo siento -ella inspiró profundamente-. Pero ya es suficiente. Has sido muy amable conmigo, mucho más de lo que podría haber esperado. Gracias a ti he podido ver a Charles y pedirle lo que necesitaba pedirle. Sabía que sería inútil, pero tenia que intentarla Por los chicos. Ahora tengo que pensar en enterrar a la tía Hattie con todo el amor del que sea capaz y después volveré a Australia. Fin de la historia.
– ¿Tienes cuatro hijos? -tal vez no fuera de su incumbencia, pero tenía que saberlo. ¿Cuántos años tendría Rose? ¿Veinticinco? ¿Veintiséis?
Cuatro hijos. Su mirada se posó involuntariamente en la cintura de Rose. No, no podía ser.
– ¿Qué estás mirando? -preguntó ella.
– Tu figura -admitió con una sonrisa-. Te conservas muy bien para tener cuatro hijos.
