Ella abrió mucho los ojos. Parecía sorprendida. Y entonces su rostro, que hasta ese momento había estado en tensión, se transformó con su risa. Tema la sonrisa más maravillosa del mundo. Y la risa más maravillosa.

– ¿Crees que soy una madre soltera con cuatro hijos?

– Bueno…

– Son mis hermanos -le dijo-. Daniel, Christopher, William y Harry. Tienen veinte, dieciocho, quince y doce años respectivamente. Todos son estudiantes, y la granja los mantiene. Bueno, supongo que soy yo quien los mantiene. Ellos me ayudan, pero la mayoría de las cosas las hago yo. Hasta ahora. A partir de ahora, supongo que con lo que saquemos dé la venta podrán seguir estudiando, pero Dios, sabe donde viviremos. Las vacaciones de la universidad duran cuatro meses, y es entonces cuando somos una familia. A Harry le encanta la granja. Se le partirá el corazón si tenemos que irnos.

Marcus la miraba en silencio, con incredulidad. ¿Rose mantenía a cuatro hermanos? ¡Cielo santo! Era demasiada carga para unos hombros tan pequeños. Hizo una mueca y Rose forzó una sonrisa.

– Ya te lo dije. Es mi problema, no el tuyo.

– Siempre podrías casarte -dijo Marcus con voz débil, y Rose esbozó una sonrisa con pesar.

– ¿Antes del miércoles? No lo creo. Es un codicilo estúpido redactado por una anciana confusa que estaba desesperada por hacer las cosas bien para todos. Y eso era imposible -Rose le dio la mano con un gesto de despedida-. Muchas gracias por ayudarme. Te estoy realmente agradecida. Adiós.

Se dio la vuelta y se alejó de él con las muletas por la acera, que estaba llena de gente que iba de compras.

Marcus se quedó observando su cabello, su silueta y la hermosa curva de su cuello. Era una mujer fuerte. Como David y Goliat, pensó de nuevo, pero aquella vez no había honda. No había ningún tipo de arma.

Rose se había despedido. No esperaba nada de él, y estaba sola de nuevo. Pero Marcus no podía aceptarlo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero sabía que tenía que hacerlo.



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