
– Te ha pedido que té cases con él, querida -dijo una anciana-. Parece un buen partido. Si fuera tú, me lo pensaría.
– Es joven -dijo otra persona-. Y guapa. Antes debería disfrutar de la vida.
– Pero mira ése traje -respondió la anciana-. Ese tipo está forrado. Cásate, querida, pero no firmes ningún acuerdo prematrimonial.
Marcus sonrió y también lo hizo Rose. Era una broma, pensó ella. De mal gusto, pero una broma al fin y al cabo.
– Gracias -dijo finalmente- Es una proposición muy agradable, pero tengo que asistir a un funeral y debo volver a Australia.
– Lo digo en serio, Rose.
Ya estaba bien. Las bromas tontas tenían que acabar. En realidad, todo tenía que acabar. Lo único que quería era esconderse en un rincón y llorar a su tía. Sintió un deseo casi incontenible de darse la vuelta y echar a correr, aunque el tobillo no se lo permitiera. Pero debía quedarse y ser educada.
– Marcus…
– Lo digo en serio -se acercó a ella y le tomó las manos. Al hacerlo, las muletas cayeron al suelo, haciendo que Rose se sintiera más vulnerable que nunca-. Rose, podemos hacerlo.
– Pero… ¿qué…? -apenas pudo emitir un susurro.
– Podemos casarnos. Cuando te diste la vuelta lo vi claro. Tienes que casarte antes del miércoles y puedes hacerlo. Puedes casarte conmigo.
– Pero… tú no quieres casarte conmigo -dijo ella.
– Claro que no. No quiero casarme con nadie. Por eso precisamente. Porque no quiero casarme con nadie, me caso contigo.
– Eso es ridículo.
– No. Es sensato -afirmó Marcus.
– ¿Cómo puede ser sensato? -Rose no sabía si reír, llorar o echar a correr. Aquel hombre la estaba mirando como si tuviera la solución a todos sus problemas, y ella sólo tuviera que confiar en él.
Pero ella no lo conocía. Quiso liberar sus manos, pero Marcus la agarró con más fuerza.
– Rose, puede funcionar.
