– El señor Bentley tiene problemas respiratorios -contestó él, con los dientes apretados. Evidentemente, Ginny sabía cuál era el diagnóstico incluso antes de entrar en la casa-. Tendremos que llamar a la ambulancia.

– Ya te he dicho que están en el partido. No vendrán hasta dentro de dos horas.

– ¿Te importaría quedarte con el señor Bentley entretanto?

– No puedo quedarme. Me necesitan en otra parte y no soporto a Óscar.

– Yo tampoco la soporto a usted, señorita -replicó el hombre-. Ni a usted ni a la zorra de su madre. Usted y su familia se merecen todo lo que les ha pasado.

Ginny, que había abierto la puerta de la cocina, se volvió para mirar a Óscar, absolutamente pálida.

– Ninguna familia merece lo que nos pasó a nosotros -dijo en voz baja, sin mirarlo-. Tendrás que llevarlo tú a la clínica, Fergus. Yo paso.

– Pero…

– Ya he sacado a la oveja del Land Rover. Y he tenido que darle un poco de heno. Los perros están muertos de hambre, las ovejas comidas de moscas y hay un caballo encerrado en el establo… -lo interrumpió ella-. Espero que metan a Óscar en la cárcel. Allí es donde merece estar y no en un hospital.

– No puedo llevarme al señor Bentley en el Land Rover…

– Claro que puedes. He limpiado un poco la parte de atrás. Aunque podríamos ser amables y ponerle un colchón.

– Pero levantarlo…

– Nos romperíamos la espalda. Espera un momento y buscaré una puerta y algunas maderas. Vuelvo enseguida.

Y luego desapareció.

– ¿Va a dejar que registre mi casa? -preguntó Óscar.

– No sé qué otra cosa podemos hacer -suspiró Fergus-. Usted concéntrese en respirar y dejemos que Ginny nos saque de este apuro.


Su opinión fue confirmada cinco minutos después, cuando Ginny, después de colocar un colchón en el suelo, empezó a soltar los goznes de la puerta de la cocina.



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