
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Fergus.
– Esta vez ha ido demasiado lejos. De no haber venido tú, podría estar muerto. La gente de aquí ya está harta de sus truquitos y no le hacen ni caso -suspiró Ginny.
– Ya, bueno… ¿qué estás haciendo?
– Usaremos la puerta como camilla. Habrá que quitarle el oxígeno mientras lo metemos en el Land Rover, pero lo haremos rápido. ¿Has vuelto a tomarle el pulso?
– ¿Tienes conocimientos médicos? -preguntó Fergus.
Pero Ginny no lo estaba escuchando. Estaba colocando la puerta en el suelo y haciéndole señas para que tirase de ella hacia Óscar. Luego puso el colchón encima.
– Dale la vuelta. Pon una mano en el hombro y la otra sobre la cadera. No intentes levantarlo. Yo empujaré la puerta hacia él.
– ¿Dónde has aprendido a hacer esto?
– Tuve una infancia muy interesante. Solía jugar a los médicos y mover a los pacientes era mi especialidad. Así que cállate y empuja.
Cuando por fin consiguieron tumbar a Óscar en la camilla casera, Ginny sacó unas cuerdas y ató al paciente con ellas.
– Para que no se nos caiga.
– ¿Y cómo vamos a levantar esto?
– Los hombres siempre piensan en la fuerza cuando se puede usar la inteligencia -suspiró ella.
Luego salió un momento y volvió con unos palos y algo sospechosamente parecido a un hacha.
– Oye, que no pienso operarlo aquí. Y aunque lo hiciera, un hacha no es mi herramienta favorita.
– Esto es para levantar la puerta y colocar los palos debajo. ¿Ves? Son cilíndricos, así que nos servirán como ruedas. Sólo así podremos sacarlo de aquí -suspiró Ginny, haciendo palanca con el mango del hacha para levantar una esquina de la puerta-. Rápido, mete el primer palo.
El plan funcionó. En dos minutos habían colocado tres paños bajo la puerta y podían llevar a Óscar rodando hasta el porche. Desde allí, sería fácil meterlo en la parte trasera del Land Rover porque quedaba más o menos a la misma altura.
