
– ¿Qué pasa? -preguntó Óscar, medio atontado.
– Vamos a dar una vuelta -contestó Fergus-. Cortesía de la mujer más hábil que he conocido nunca. Y de la camilla más asombrosa.
La parte trasera del Land Rover apestaba a oveja y a estiércol, pero no se podía remediar. |
– ¿Quieres ir con nuestro paciente en la parte de atrás? -preguntó Fergus.
Pero Ginny ya se había sentado en el asiento del conductor y alargó la mano para que le diera las llaves.
– Tú eres el médico. Yo sólo soy parte del bucólico paisaje.
Hicieron una parada en el camino con la que Fergus no había contado.
– No puedo ir directamente a la clínica. Richard se asustaría.
– ¿Richard?
– Le dije que volvería en una hora y llevo casi dos horas fuera de casa -contestó ella, conduciendo el Land Rover como una experta por aquellos caminos de cabras.
¿Dónde había aprendido a hacerlo? ¿Y qué más cosas sabía hacer? Por lo que había visto, sabía hacer de todo. Además de tener una preciosa figura, una cara encantadora y gran sentido del humor.
Pero tenía que concentrarse en el paciente.
– Tenemos que llegar a la clínica lo antes posible -insistió Fergus al ver que Oscar respiraba cada vez con más dificultad-. Llama a Richard desde allí.
– No puedo.
– No podemos retrasarlo.
– Óscar lleva años jugando con su salud. Si yo no hubiera estado en medio del camino, tú no habrías sido capaz de llevarlo a la clínica hasta la noche… Además, tardaré dos minutos.
– Llámalo por teléfono -insistió Fergus.
– Vete a la porra.
– ¿Richard es tu hijo?
– No te preocupes por eso. Concéntrate en tu paciente.
– Llévenme al hospital -dijo Óscar entonces-. No me encuentro bien.
– Primero tengo que ir a ver cómo está Richard -insistió Ginny-. Él es tan importante como usted.
– Debería estar muerto. Prácticamente lo está.
