No hubo respuesta. Pero Fergus vio cómo Ginny apretaba el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

– Ginny…

– Cállate y atiende a… a ese bestia porque yo no pienso hacerlo.


Ginny, como había dicho, fue a comprobar cómo estaba Richard. Fuese quien fuese el tal Richard. Fergus seguía sin saberlo. Detuvo el Land Rover delante de una granja tan vieja como la de Óscar y salió corriendo, pero volvió dos minutos después.

– ¿No está muerto? -preguntó Óscar.

La mirada que Fergus vio en el espejo retrovisor podría haber matado al bocazas de su paciente. Pero no era el momento de meterse en líos. Lo único que podía hacer era atender al señor Bentley y dejar las preguntas para más tarde.

Aunque él no quería involucrarse en nada. Sólo estaba allí de paso.

En realidad, ¿por qué estaba allí?

Para encontrar un sitio en el que pudiera olvidarse de todo. Para concentrarse en la medicina y no pensar en nada más.

Pero el dolor en el rostro de Ginny…

Ese dolor encontraba su reflejo en lo que él había pasado. Había algo en ella…

¿Quién sería Richard, su marido? ¿Un marido inválido?

Pero él no estaba allí para involucrarse en problemas personales, se repitió a sí mismo.

– Me duele -protestó Óscar.

– ¿Dónde le duele?

– Ya le he dicho que me he roto la cadera.

– No puedo darle morfina hasta que se le hayan pasado los efectos del alcohol. Y antes hay que hacerle análisis.

– El antiguo médico me habría dado algo para el dolor.

– Sí, le habría dado lo que fuera para que se callase -le espetó Ginny, mirándolo por encima del hombro-. Y lo entiendo. Doctor Reynard, esconda la morfina o me la inyecto yo misma.


La clínica de Cradle Lake no era exactamente el moderno hospital al que Fergus estaba acostumbrado. Había sido construida cincuenta o sesenta años antes y parecía más un chalecito que una instalación de servicios sanitarios. La mayoría de las habitaciones eran para un solo paciente, con balcones que daban al lago por un lado o a las montañas de Nueva Gales del Sur por el otro.



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