
Era un paisaje estupendo, desde luego. Desgraciadamente, habían pasado cinco años desde la última vez que un médico pasó por allí y, durante ese tiempo, la clínica se había convertido prácticamente en una residencia para ancianos.
Los pacientes que necesitaban cuidados especiales eran enviados a hospitales de verdad.
Sin embargo, Fergus se había quedado sorprendido por el talento de las enfermeras que dirigían aquel sitio. Siendo el único establecimiento sanitario en doscientos kilómetros a la redonda, las enfermeras tenían que atender desde partos a mordeduras de serpiente o accidentes de tráfico.
Miriam, la enfermera que se encargaba de hacer visitas a domicilio y que lo había recibido con los brazos abiertos, estaba esperando cuando llegaron. Viuda de mediana edad, era una mujer competente y directa.
– ¿Dónde ha estado, doctor Reynard? Debería haber ido con usted…
– No sabe lo que nos ha costado sacarlo de su casa.
– Óscar debería estar en una residencia. No puede vivir solo. Yo lo habría dejado en su casa hasta mañana, pero usted insistió en ir… ¿A que no se ha roto una cadera? ¡Ay, Dios mío! ¿En qué lo han traído? -preguntó al ver el colchón.
– Encima de una puerta -sonrió Fergus-. Y tiene razón, no debería vivir solo. Mientras tanto, Miriam, necesitamos una camilla para sacarlo de aquí.
Cuando Ginny saltó del Land Rover, la enfermera se quedó con la boca abierta.
– Ginny Viental.
– La señora Paterson, ¿no? Me acuerdo de usted ¿Podría cuidar del doctor Reynard a partir de ahora? Yo tengo que irme.
– Espera, te llevaré a casa -dijo Fergus.
– No, aún no he terminado mi paseo y Richard está bien…
Entonces oyeron la sirena de la ambulancia.
– Los chicos traen a alguien. Debe de haber pasado algo en el partido -murmuró Miriam.
