
Cuando, tras una desaparición más dilatada que las demás, asomó por fin el morro del coche, rebasando un puñado de casuchas más escasas y pobres que las del N…, tan sólo ya a dos revueltas de distancia, y como si el zumbido, ahora bien distinto, del motor fuera heraldo indiscutible del destino que el vehículo traía, la excitada perplejidad de los niños se transformó en algarabía y actividad. Uno de ellos se descolgó de lo alto de la peña saltando, para darse más prisa, a un pino que había cerca, por cuyo tronco resbaló velozmente hasta llegar al suelo.
– ¡Viene aquí! -gritó al tiempo que arrancaba a correr desalado por el monte abajo.
Y lo seguía repitiendo por la pendiente como el estribillo de un himno gozoso -"viene aquí, viene aquí"-, sentado a trechos sobre las agujas secas de pino que le servían de tobogán y escoltado con cierta desventaja por sus compañeros, que, aunque no tan expeditivos, habían imitado su ejemplo y le pedían a voces que les esperase.
