Subía despacio por la pendiente, envuelto en una leve polvareda blanca, y a ratos lo perdían de vista en las revueltas del camino festoneado de oscuras arboledas, de viñas y zarzales. Relajados en esa luz nítida y ardiente todavía que la hora del ocaso deja en verano tras de sí, se sentían ahora unidos por este otro acontecimiento que descubrían sus ojos deseosos de avizorar novedades que llegaran de abajo, de las villas y Ciudades desconocidas para ellos. No habían cambiado una sola palabra ni quitaban la vista del camino que, como ellos sabían de sobra, muere en la fuente de la aldea.

Cuando, tras una desaparición más dilatada que las demás, asomó por fin el morro del coche, rebasando un puñado de casuchas más escasas y pobres que las del N…, tan sólo ya a dos revueltas de distancia, y como si el zumbido, ahora bien distinto, del motor fuera heraldo indiscutible del destino que el vehículo traía, la excitada perplejidad de los niños se transformó en algarabía y actividad. Uno de ellos se descolgó de lo alto de la peña saltando, para darse más prisa, a un pino que había cerca, por cuyo tronco resbaló velozmente hasta llegar al suelo.

– ¡Viene aquí! -gritó al tiempo que arrancaba a correr desalado por el monte abajo.

Y lo seguía repitiendo por la pendiente como el estribillo de un himno gozoso -"viene aquí, viene aquí"-, sentado a trechos sobre las agujas secas de pino que le servían de tobogán y escoltado con cierta desventaja por sus compañeros, que, aunque no tan expeditivos, habían imitado su ejemplo y le pedían a voces que les esperase.



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