
—¿Hacer algo? —preguntó Hushidh.
—Ya sabes, como hiciste con los hombres de Rashgallivak cuando él fue a casa de tía Rasa aquella vez, con la intención de llevarse a sus hijas. Lo privaste de la lealtad de sus hombres y lo derrotaste. ¿No lo recuerdas?
Hushidh lo recordaba, claro que sí. Pero eso había sido fácil, pues ella veía que los lazos que unían a Rash con sus hombres eran muy débiles, y sólo necesitó las palabras acertadas y cierto aplomo desdeñoso para lograr que lo abandonaran al instante.
—No es lo mismo —repuso—. No puedo obligar a la gente a hacer cosas. Pude despojar a los hombres de Rash de su lealtad porque en realidad no querían seguirlo. No puedo reconstruir tus lazos con los demás. Es algo que tendrás que hacer por ti misma.
—Pero quiero hacerlo —dijo Luet.
—¿Qué sucede? —preguntó Hushidh—. Explícamelo.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque no sucede nada.
—Pero algo sucederá, ¿verdad?
—¡No! —exclamó Luet, con voz airada, terminante—. No sucederá. Y por tanto no hay nada de qué hablar.
Luet huyó por la escalerilla que conducía al centro de la nave, donde aguardaba la comida, donde se estaban reuniendo los demás.
Es el Alma Suprema, comprendió Hushidh. El Alma Suprema ha pedido a Luet que haga algo que ella no desea hacer. Y si lo hace, la aislará del resto de nosotros. De todos excepto de su esposo y sus hijos. ¿Qué es? ¿Qué se propone el Alma Suprema?
¿Y por qué el Alma Suprema no había incluido a Hushidh en sus planes?
Por primera vez, Hushidh se sorprendió pensando en el Alma Suprema como en un enemigo. Descubrió que no la unían fuertes lazos de lealtad con el Alma Suprema. La mera sospecha los había disuelto. ¿Qué estás haciendo conmigo y con mi hermana, oh santa? Sea lo que fuere, no sigas con ello.
Pero no recibió ninguna respuesta. Sólo el silencio.
