El Alma Suprema ha escogido a Luet para hacer algo, y no me ha escogido a mí. ¿Qué es? Tengo que averiguarlo. Porque si es algo terrible, lo impediré.


Luet no estaba conforme con el edificio donde ahora vivían. Superficies duras, lisas y muertas. Echaba de menos la casa de madera donde habían vivido ocho años en la pequeña aldea de Dostatok, antes de que su esposo encontrara y abriera el antiguo puerto estelar de Vasadka. Y antes de eso, había vivido en la casa de Rasa en Basílica. La ciudad de las mujeres, la ciudad de la gracia. A veces añoraba la bruma del oculto lago sagrado, el bullicio de los mercados atestados, las filas incesantes de edificios que invadían las calles. Pero este sitio… ¿alguna vez sus constructores lo habían considerado hermoso? ¿Les había agradado vivir en lugares tan muertos?

Aun así era un hogar, porque era el lugar donde sus hijos se reunían para dormir y comer, el lugar al que Nafai regresaba por la noche para acostarse fatigosamente junto a ella. Y cuando llegara el momento de entrar en la nave estelar que habían bautizado con el nombre de Basílica, sin duda también extrañaría este lugar, los recuerdos del trabajo frenético y los niños alborotados y los temores sin fundamento. Siempre que fueran temores sin fundamento.

El retorno a la Tierra… ¿qué significaba eso, cuando ningún humano había estado allí durante millones de años? Y esos sueños que seguían acuciándolos, sueños de ratas gigantes que parecían poseer una inteligencia malévola, sueños de seres semejantes a murciélagos que parecían ser aliados pero eran increíblemente feos. Ni siquiera el Alma Suprema conocía el significado de aquellos sueños, ni por qué los enviaba el Guardián de la Tierra. A juzgar por los sueños de todos, Luet sospechaba que la Tierra no sería un paraíso.

Pero ante todo la asustaba el viaje, y quizá sucediera lo mismo con los demás. ¿Cien años de sueño? ¿Y supuestamente despertarían sin haber envejecido un solo día? Parecía algo salido de un mito, como la pobre niña que se cortó el dedo con un diente de ratón y se quedó dormida, y al despertar descubrió que todas las muchachas ricas y bellas eran ancianas gordas, y ella era la más joven y bella de todas.



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