
Bien, podrían haber muerto mil veces desde que comenzó la decadencia de Basílica. En cambio habían sobrevivido hasta ahora, y el Alma Suprema los había conducido a este lugar, y hasta ahora todo funcionaba aceptablemente. Tenían hijos. Habían prosperado. Nadie había muerto ni había sufrido heridas graves. Desde que el Alma Suprema había entregado a Nafai el manto de capitán, aun Elemak y Mebbekew, sus odiosos hermanos mayores, habían colaborado bastante, aunque era bien sabido que odiaban la idea de regresar a la Tierra.
¿Entonces por qué el Alma Suprema estaba tan empeñada en arruinarlo todo?
(Estoy empeñada en salvar vuestras vidas, la tuya y la de tu esposo.) En ese lugar donde vivía el Alma Suprema, Luet oía su voz con mayor claridad que en Basílica.
—El manto de capitán protegerá a Nafai —murmuró Luet—. Y él nos protegerá a nosotros.
(¿Y cuando sea viejo? ¿Cuando Elemak haya enseñado a sus hijos a odiarte a ti y a tus hijos? Es matemática elemental, Luet. Cuando llegue la división de vuestra comunidad —y llegará ineluctablemente—, de una parte quedarán Elemak y sus hijos, Mebbekew y su hijo, Obring y sus dos hijos, Vas y su hijo. Cuatro varones fuertes y adultos, ocho jóvenes. ¿Y de vuestra parte, quién? Tu esposo. Pero ¿quiénes son sus aliados? ¿Su padre, Volemak?)
