Pero todavía era pobre. Qué final tan raro, pensó Luet, qué raro que todavía fuera pobre. Sin duda habría alguna versión donde el rey la escogía por su belleza en vez de casarse con la mujer más rica para adueñarse de sus propiedades. Pero eso no tenía nada que ver con lo que la preocupaba ahora. ¿Por qué había divagado tanto? Oh, sí. Porque estaba pensando en el viaje. En acostarse en la nave y dejar que el sistema de soporte vital le insertara agujas y la congelara para la travesía. ¿Cómo saber que no morirían?

Bien, podrían haber muerto mil veces desde que comenzó la decadencia de Basílica. En cambio habían sobrevivido hasta ahora, y el Alma Suprema los había conducido a este lugar, y hasta ahora todo funcionaba aceptablemente. Tenían hijos. Habían prosperado. Nadie había muerto ni había sufrido heridas graves. Desde que el Alma Suprema había entregado a Nafai el manto de capitán, aun Elemak y Mebbekew, sus odiosos hermanos mayores, habían colaborado bastante, aunque era bien sabido que odiaban la idea de regresar a la Tierra.

¿Entonces por qué el Alma Suprema estaba tan empeñada en arruinarlo todo?

(Estoy empeñada en salvar vuestras vidas, la tuya y la de tu esposo.) En ese lugar donde vivía el Alma Suprema, Luet oía su voz con mayor claridad que en Basílica.

—El manto de capitán protegerá a Nafai —murmuró Luet—. Y él nos protegerá a nosotros.

(¿Y cuando sea viejo? ¿Cuando Elemak haya enseñado a sus hijos a odiarte a ti y a tus hijos? Es matemática elemental, Luet. Cuando llegue la división de vuestra comunidad —y llegará ineluctablemente—, de una parte quedarán Elemak y sus hijos, Mebbekew y su hijo, Obring y sus dos hijos, Vas y su hijo. Cuatro varones fuertes y adultos, ocho jóvenes. ¿Y de vuestra parte, quién? Tu esposo. Pero ¿quiénes son sus aliados? ¿Su padre, Volemak?)



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