
A pesar de las dudas de Kiti, sus manos y dedos trabajaban. Él sabía, sin saber cómo lo sabía, que había vello en el risco óseo que cubría los ojos, que la pelambre de arriba tenía que ser larga, que una depresión centrada bajo la nariz descendía hasta los labios. Y cuando hubo terminado, no supo cómo supo que había terminado. Miró lo que había hecho y quedó pasmado. La cabeza era fea, extraña y excesivamente grande. Pero así tenía que ser.
¿Qué me habéis hecho, oh dioses?
Aún estaba mirando la cabeza del Antiguo cuando las damas descendieron volando a la ribera. En los bordes estaban los hombres cuyas esculturas ya habían sido inspeccionadas. Kiti los conocía a todos, y podía adivinar cómo eran sus obras. Un par de ellos eran esposos, y como su dama estaba casada con ellos de por vida sus esculturas ya no competían con las demás. Algunos eran jóvenes, como Kiti, y ofrecían sus esculturas por primera vez. A juzgar por su expresión abatida, Kiti comprendió que no habían causado la impresión que deseaban. No obstante, la fiebre de la arcilla afectaba a todos los varones, y apenas lo miraban a él o su escultura, pues fijaban los ojos en las damas.
Las damas miraron la escultura en silencio. Algunas se desplazaron para estudiarla desde otro ángulo.
