
Pero la burbuja ya no estaba. El aire era respirable.
En el campo de aterrizaje se oían nuevamente voces de seres humanos. Y no sólo de los graves adultos que habían sido los primeros en recorrer ese terreno. Muchos de los que correteaban de un edificio a otro eran niños. Todos trabajaban con empeño, tomando partes funcionales de las otras naves para transformar una de ellas en una nave operativa. Y cuando la nave que bautizaron Basílica, estuviera preparada, con todas las piezas en funcionamiento, plenamente cargada y aprovisionada, entrarían en ella por última vez y dejarían este mundo donde habían vivido más de un millón de generaciones de sus antepasados, para regresar a la Tierra, el planeta donde había nacido la civilización humana, pero donde había durado menos de diez mil años.
Qué es la Tierra para nosotros, se preguntaba Hushidh, mirando a los niños y adultos que trabajaban. ¿Por qué nos tomamos tantas molestias para regresar allá, cuando Armonía es nuestro hogar? Los eslabones que antes nos unían sin duda se han oxidado en todos estos años.
Pero irían, porque el Alma Suprema los había escogido para ir. Había encauzado y manipulado sus vidas para llevarlos a ese lugar en ese momento. Hushidh agradecía la atención que les había dispensado el Alma Suprema, pero en ocasiones le fastidiaba que no hubieran tenido la libertad de decidir el curso de sus vidas.
Pero si no tenemos vínculos con la Tierra, tenemos aún menos con Armonía, pensó Hushidh. Y ella era la única de esas personas que podía comprobar que esta observación era literalmente cierta. Todos los que estaban allí habían sido escogidos por su sensibilidad a las comunicaciones mentales del Alma Suprema; en Hushidh esta sensibilidad cobraba una extraña forma. Podía mirar a las personas y detectar de inmediato la fuerza de las relaciones que las unían a los demás. Lo percibía como una visión, en la vigilia. Podía ver las relaciones como cordeles de luz, anudando cada persona al resto.
