
Por ejemplo, su hermana menor, Luet, la única pariente de sangre que Hushidh había conocido en su infancia. Mientras Hushidh descansaba a la sombra, Luet se acercó seguida por su hija Chveya, llevando el almuerzo para los que trabajaban en los ordenadores de la nave estelar. Toda su vida Hushidh había considerado su conexión con Lutya como su vínculo más firme. Ambas crecieron sin saber quiénes eran sus padres, como niñas abandonadas en la gran casa de enseñanza de Rasa en Basílica. Todos los temores, todos los engaños, todas las incertidumbres eran soportables, no obstante, porque estaba Lutya, unida a ella por lazos indisolubles, aunque fueran invisibles para todos menos para Hushidh.
También había otros lazos. Hushidh recordaba cuánto le había dolido ver crecer el lazo entre Luet y su esposo Nafai, un joven problemático que a veces demostraba más apasionamiento que sensatez. Para su sorpresa, sin embargo, el nuevo vínculo de Lutya con su esposo no debilitó su vínculo con Hushidh; y cuando Hushidh se casó a su vez con Issib, el hermano de Nafai, el lazo entre ella y Luet se volvió más fuerte que en su infancia, algo que Hushidh creía imposible.
Así que ahora, al ver pasar a Luet y Chveya, Hushidh no las veía sólo como madre e hija, sino como dos seres de luz, unidos por un cordel grueso y rutilante. No había vínculo más fuerte que éste. Chveya también amaba a su padre Nafai, pero el lazo entre los hijos y el padre siempre era más inestable. Estaba en la naturaleza de la familia humana. En la madre, los hijos buscaban alimento, consuelo, un cimiento firme. Del padre, en cambio, buscaban la consideración, ansiando la aprobación, temiendo la condena. La influencia del padre era igualmente poderosa pero, por cariñoso que éste fuera, casi siempre había un elemento de temor en la relación, pues el hijo concentraba en el padre su temor al fracaso. Había excepciones, pero Hushidh había aprendido a esperar que en la mayoría de los casos el lazo con la madre fuera el más fuerte y brillante.
