Mientras pensaba en la conexión entre madre e hija, Hushidh pasó por alto un importante detalle. Sólo reparó en lo que faltaba cuando Luet y Chveya entraron en la nave estelar: la conexión entre Lutya y ella.

Pero eso era imposible. ¿Después de tantos años? ¿Y por qué el lazo sería ahora más débil? No habían reñido. Al contrario, estaban más unidas que nunca. ¿No habían sido aliadas durante las largas luchas entre el esposo de Luet y sus malvados hermanos mayores? ¿Qué podía haber cambiado?

Hushidh siguió a Luet y la encontró en la cabina del piloto, donde Issib, el esposo de Hushidh, deliberaba con Nafai, el esposo de Luet, acerca del sistema informático de soporte vital. Los ordenadores nunca habían interesado a Hushidh. Le interesaba la realidad, la gente de carne y hueso, no esos ingenios artificiales basados en unos y ceros. A veces pensaba que los ordenadores atraían a los hombres precisamente por su irrealidad. A diferencia de las mujeres y los hijos, los ordenadores se podían controlar totalmente. Así que Hushidh sentía un secreto deleite cuando un programa obstinado hacía rabiar a Issya o Nyef hasta que encontraban el error de programación. También sospechaba que Issya, cuando uno de sus hijos era obstinado, creía en el fondo de su corazón que el problema consistía en hallar el error en la programación del niño. Hushidh sabía que no era un error, sino un alma inventándose a sí misma. Cuando trataba de explicarle esto a Issya, él dejaba la mirada perdida y huía de nuevo a sus ordenadores.

Pero hoy todo funcionaba bien. Luet y Chveya sirvieron el almuerzo para los hombres. Hushidh, que no tenía un cometido específico, las ayudó, pero cuando Luet mencionó que los otros que trabajaban en la nave también necesitaban comer, Hushidh ignoró las insinuaciones y así obligó a Luet y Chveya a ir a llamarlos.



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