
Issib podía ser hombre y preferir los ordenadores a los niños, pero era perspicaz. En cuanto Luet y Chveya se fueron, preguntó:
—¿Querías hablar conmigo, Shuya, o con Nyef? Hushidh besó a su esposo en la mejilla.
—Con Nyef, desde luego. Ya sé todo lo que piensas tú.
—Y antes de que yo lo sepa —dijo Issib, fingiendo un tono lastimero—. Bien, si queréis hablar en privado, tendréis que salir vosotros. Estoy ocupado y no pienso irme de la habitación donde está la comida.
No mencionó que levantarse e irse era más problemático para él. Aunque en las inmediaciones de la nave estelar sus flotadores funcionaban y no estaba atado a su silla, el desplazamiento físico representaba un gran esfuerzo para Issib.
Nyef terminó de teclear una orden, se levantó y llevó a Hushidh a un corredor.
—¿Qué ocurre? —preguntó. Hushidh fue al grano.
—Tú sabes cómo veo las cosas.
—¿Te refieres a las relaciones entre las personas? Sí, lo sé.
—Hoy he visto algo muy perturbador. Nafai esperó a que ella continuara.
—Luet está… bien, separada. No de ti. Ni de Chveya, sino de todos los demás.
—¿Qué significa eso?
—No sé —dudó Hushidh—. No sé leer la mente. Pero me preocupa. Tú no estás separado. Sigues unido por lazos de amor y lealtad aun a tus repelentes hermanos mayores, vete a saber por qué, aun a tus hermanas y a sus lamentables maridos…
—Veo que sientes el mayor de los respetos por ellos —interrumpió Nyef.
—Sólo digo que Luet también compartía ese sentido de la obligación hacia la comunidad. Tenía contacto con todos. No como tú, pero su contacto con las mujeres era más fuerte. Mucho más fuerte. Era la cuidadora de las mujeres. Desde que en Basílica descubrieron que era la vidente de las aguas, ha tenido ese don. Pero se acabó.
