
—¿Está embarazada de nuevo? No debería estarlo. No puede haber mujeres encintas durante el lanzamiento.
—No es eso. No está ensimismada como ocurre con las mujeres que están encinta. —Hushidh se sorprendió de que Nafai hubiera recordado aquel detalle. Años atrás le había mencionado que las mujeres preñadas perdían contacto con los demás, pues se concentraban en el niño. Así era Nafai. Durante días, semanas o meses actuaba como un adolescente bobalicón, capaz de decir la mayor barrabasada en el momento menos apropiado, como si no tuviera en cuenta los sentimientos ajenos. Y de pronto demostraba que no se perdía detalle, que observaba y recordaba todo. Lo cual sugería que cuando era grosero lo era adrede. Hushidh no sabía qué pensar.
—¿Entonces qué es?
—Creía que tú me lo contarías a mí —respondió Hushidh—. ¿ Luet ha mencionado algo que te hiciera pensar que se estaba distanciando de todos excepto de ti y de vuestros hijos?
Nafai se encogió de hombros.
—Tal vez sí y no lo he notado. No siempre noto las cosas.
El solo hecho de que lo dijera consiguió que Hushidh lo dudara. Nafai lo había notado, pero no quería hablar de ello con Hushidh.
—Sea lo que fuere —dijo Hushidh—, tú y ella no estáis de acuerdo.
Nafai la miró con mal ceño.
—Si no crees en lo que digo, ¿por qué te molestas en preguntar?
—Me aferró a la esperanza de que un día decidas que soy digna de escuchar los grandes secretos.
—Cielos, parece que hoy no andamos en buena sintonía —exclamó Nafai.
Cuando empezaba a portarse como un hermanito menor, Hushidh lo detestaba.
—Alguna vez le señalaré a Luet que cometió un grave error el día en que impidió que esas mujeres te mataran por violar la santidad del lago de Basílica.
—Soy de la misma opinión. Me habría ahorrado el dolor de verte sufrir la angustia de ser mi cuñada.
