—Antes preferiría parir todos los días, y con eso está todo dicho —repuso Hushidh. Él sonrió.

—Veré qué puedo hacer —dijo—. Con franqueza, no sé por qué Luet se separaría de todos los demás, y creo que es peligroso, así que veré qué puedo hacer.

Conque iba a tomarla en serio, aunque no le dijera cuál creía que era el problema. Bien, no cabía esperar más. Nafai podía ser líder de aquella comunidad, pero no era precisamente porque tuviera talento para ello. Elemak, el hermano mayor de Nafai, era un líder nato. Pero Nafai tenía al Alma Suprema de su parte —mejor dicho, el Alma Suprema tenía a Nafai de su parte— y el Alma Suprema le había dado poder para gobernar. La autoridad no le sentaba bien y nunca sabía qué hacer con ella. Cometía errores. Hushidh esperaba que esta vez no cometiera ninguno.

Potya tendría hambre. Tenía que regresar a casa. Como Hushidh estaba amamantando a su hijo, quedaba exenta de la mayoría de las labores relacionadas con la preparación del lanzamiento. Más aún, la fecha del lanzamiento se había fijado teniendo en cuenta su preñez. Ella y Rasa habían sido las últimas en quedar encintas cuando descubrieron que no podía haber embarazos durante el viaje. Las sustancias químicas y la baja temperatura que los mantendrían en animación suspendida durante la travesía podían ser fatales para un embrión. La hija de Rasa, una chiquilla a quien ésta había puesto el afectuoso nombre de Tsennyi, que significaba «Preciosa», había nacido un mes antes del sexto vástago de Hushidh, que era su tercer varón. Ella lo había llamado Shyopot, «Susurro», y Potya era su apelativo cariñoso. Había llegado a último momento, como un murmullo del Alma Suprema. El último susurro de su corazón antes de abandonar aquel mundo para siempre. El nombre le había parecido raro a Issib, pero era mejor que «Preciosa», que parecía una demostración de que Rasa había perdido todo sentido de la proporción. Potya estaba esperando, Potya tenía hambre, insistían los pechos de Hushidh.



9 из 324