Interesante: a los que nos miraban embobados, tras enterarse de lo que somos en realidad, les contemplaba serenamente. Su asombro me importaba poco, aunque en seguida comprendí que no había en él ni un ápice de admiración. Resultaban mucho más desagradables los que cuidaban de nosotros: los colaboradores de ADAPT. El doctor Abs era quien despertaba en mí mayor repugnancia, ya que me trataba como trata un médico a un paciente anómalo, simulando — por otra parte, de modo muy convincente — que se las tenía que haber con una persona completamente normal. Cuando esto era imposible, hacía frases ingeniosas. Yo ya estaba harto de su actitud jovial. Cualquier transeúnte — imaginaba yo — habría considerado a Olaf y a mí como sus iguales, si alguien le hubiera interrogado al respecto; lo extraño no éramos nosotros mismos, sino nuestro pasado: éste sí era extraordinario. Sin embargo, el doctor Abs, como todos los colaboradores de ADAPT, conocía la verdad: que somos realmente distintos.

Esta diferencia no era una distinción sino un obstáculo: en la comprensión, en el diálogo más sencillo, incluso en el acto de abrir una puerta, ya que hace cincuenta sesenta años — ya no lo recuerdo con exactitud — que los picaportes dejaron de existir.

El despegue se produjo de manera inesperada. La gravedad no cambió en absoluto, al interior herméticamente cerrado no llegó ni un solo sonido, por el techo seguían fluyendo rítmicamente las sombras. Tal vez a causa de la rutina de mi viejo instinto, supe en un momento determinado que volábamos por el espacio; pues fue una certidumbre y no una suposición.

Pero había otra cosa que me interesaba. Reposaba en posición casi supina, con las piernas estiradas, inmóvil. Me lo permitieron con excesiva facilidad; ni siquiera. Oswamm se pronunció demasiado en contra. Los argumentos aducidos por él y por Abs no pudieron convencerme — yo mismo hubiera encontrado unos mejores —. Sólo insistieron en que cada uno de nosotros debía volar solo. Y ni siquiera se tomaron a mal que yo impusiera mi rebeldía a Olaf, quien de otro modo habría aceptado quedarse allí por más tiempo. Esto me dio que pensar. Esperaba complicaciones, algo que invalidara mi plan en el último momento. Pero no sucedió nada parecido, y ahora yo estaba volando. Este último viaje terminaría dentro de un cuarto de hora.



4 из 259